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Jugueteó con los rizos de su pubis y se los besó. Marina no quiso abrir los ojos, pero sí disimuló un movimiento de dormida y se tumbó hacia arriba, y abrió un poquito las piernas. Vera siguió el juego y le puso un par de dedos en el sexo. Le separó un poco los labios y le masajeó el clítoris. Marina gimió. Vera se asustó. Ella nunca antes había tocado el coño de nadie. El gemido la devolvió a la realidad y, del sobresalto, su cuerpo perdió la consistencia adquirida. Se tumbó a un lado y esperó a que saliera el Sol.